Una de las cosas que me queda muy claro que vine a hacer en esta vida, es aprender a reconocer lo que va más allá de las apariencias.

A lo largo de mis 45 años, me he topado con muchísimos personajes encantadores, muy lindos, “angelicales”, detallistas, que durante mucho tiempo me engañaron con su falsa bondad y que sólo tenían la intención de utilizarme y cuando me atreví a pedir algo para mí mostraron su verdadero y oscuro ser.

Cuando escuchamos la palabra sociópata pensamos en asesinos seriales o personas que están en la cárcel y, si bien un porcentaje alto de las personas en prisión lo son, también hay millones de personajes que transitan por las calles aprovechándose de las personas con su máscara de bueno. Un sociópata es un maestro del disfraz.

Actos, no palabras

Con el tiempo aprendí que, si quieres conocer bien a una persona, lo que nos conviene es fijarnos en sus actos, no en sus palabras. ¿Cuántas veces no hemos tenido un galán, novio o pareja, incluso padres y amigos que nos dicen que nos aman o que quieren estar con nosotros pero se desaparecen?, nos invita a algo y luego no llaman; nos escriben que nos extraña mucho y rara vez aparecen, nos dicen que somos lo más importante de su vida y cuando les pedimos ayuda no pueden, etcétera.

Lo que más nos conviene es aprender a reconocer que, por ejemplo, hay personas que son muy detallistas, pero eso no quiere decir que sean personas que nos quieran realmente, que vayan a tratarnos bien ni que sean buenas. 

Un acto vale más que mil palabras. Hay personas tímidas que les cuesta trabajo decir lo que sienten, pero que sabes que están ahí, que cuentas con ellos, que son personas bellísimas, de buenos sentimientos, que no necesitan de grandes actuaciones para demostrar lo que sienten y, de esas personas, de las que saben lo valiosas que son por lo que no necesitan aparentar nada, de ellas es de las que nos conviene rodearnos.