Vivimos en un mundo donde cada vez más personas están enfermas, escuchar que alguna persona tiene cáncer, lupus, diabetes, tumores, etcétera, cada vez es más común. ¿Qué esta pasando con nosotros? Para algunos sonará tonto lo que voy a decir, pero en mi muy humilde opinión la enfermedad más común y peligrosa que tenemos en estos tiempos es el desamor.

Las personas están enojadas y ese enojo hace que en muchas ocasiones sus órganos y sistemas enfermen. Creo que la razón es porque, cuando éramos niños, nuestros padres no nos enseñaron lo hermosos y perfectos que somos... y es de entender, a nuestros padres tampoco se los enseñaron.

El asunto es bastante más delicado de lo que parece, cuando los padres no dejan en claro el valor de sus hijos, cuando la ignorancia, el abuso y el abandono rigen la vida de una persona esta crece sin darse cuenta de quién es.

Lo que somos en la vida adulta es el resultado de lo que vivimos en nuestra infancia. Hay 2 caminos:

- Personas que su enojo hace que sean tiranos de las demás personas, que tienen la falsa creencia que si lastiman a los demás están sacando enojo de su vida, creen que es una forma de expresarse. Algunas usan máscaras pintadas de carisma, víctima y buena persona que hacen que sea más difícil reconocerlas.

- Personas que permiten que las personas enojadas los lastimen porque no se dan cuenta que no merecen eso.

Podemos vivir atrapados en alguna de esas dos opciones hasta que nos hacemos conscientes de ello y decidimos cambiar nuestra historia y salir de allí.

A veces hay que tocar fondo, ese fondo puede ser estar en alguna situación de injusticia tan grande donde la vida nos deja claro que no merecemos eso y elegimos, a pesar de todo, alejarnos de aquellas personas y situaciones que no nos hacen bien.

Una ruptura, pérdida o enfermedad también tienen la misión de mostrarnos eso, que no nos estamos amando lo suficiente.

El amor a tiempo 

Por eso insisto en la importancia de amar a nuestros hijos, de hacerles ver qué nos importan, que deseamos su bienestar por sobre todas las cosas, señalar sus aptitudes y talentos y que, amorosamente, les mostremos el mejor camino cuando se equivocan. Que sepan qué los acompañamos y cuidamos y que no vamos a permitir que nadie los lastime.

Que los escuchemos aunque estemos ocupados o cansados, el que ellos nos tengan confianza y sepan que cuentan con nosotros cuando sea hará que se sientan queridos y por lo tanto aprenderán a valorarse a sí mismos.

Pongamos límites para qué aprendan a vivir en un entorno de seguridad, los niños interpretan la falta de límites como que sus papas no los quieren. Nuestros hijos necesitan de nuestra atención, no es que estemos todo el día con ellos, pero que cuando sí lo estemos sea real y así lo sientan.

Y de la misma forma, si como padres permitimos malos tratos de las personas nuestros hijos aprenderán que eso es lo correcto, ellos aprenden más del lo que ven que lo que les decimos.

Nosotros, los padres, sanamos nuestras heridas cuidando de ellos, porque al verlos felices nos damos cuenta de lo que en verdad somos, de que la idea de la falta de valor no es real, que es sólo una consecuencia del trato que recibimos, pero que desde la mirada adulta tenemos la enorme posibilidad de cambiarla, con el simple hecho de darnos cuenta que somos amor y que por medio del amor, todo se cura.

De esta manera estamos se logran cosas muy importantes, porque rompemos la cadena que provoca que los seres humanos nos odiemos en lugar de amarnos. De este modo nuestros hijos amarán a sus descendientes y a la gente que los rodea... tal vez no cambiemos el mundo entero, pero al menos sí cambiará el de ellos.