Cuando era niña, iba a la iglesia todos los domingos a misa de 10 am. Mis hermanas y yo formábamos parte del coro que mi mamá dirigía. Cuando crecimos, íbamos a cantar a la misa de 1pm que era la de los jóvenes, donde, aunque en teoría mi mamá también era la directora del coro, la cosa se ponía más difícil, porque había muchos interesados en ser los líderes de la agrupación.

Mi mamá estaba apoyada por el padre, lo cual le daba cierta ventaja, pero eso no hacía que la grilla se apagara. No olvido cómo yo podía percibir toda esa tensión, en nombre de Dios, lo cual hizo que me confundiera con respecto a la intención por la cual uno canta. Si bien yo tenía mis estudios musicales esto no quiere decir que fuera una experta; igualmente, no sé por qué, en algún momento mi mamá me asignó como la directora del coro.

Yo tenía unos 16 años y los demás integrantes, calculo, entre 20 y 25. A mí me daban terror, porque si con mi mamá se ponían a veces muy groseros ¿qué podía esperarme a mí? Pero como era algo que me había asignado mi mamá, lo tomé con fuerza y lo hice lo mejor que podía.

Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta que fue mucho para mí. Que no tenía ni los conocimientos musicales para hacerlo ni las capacidades para enfrentarme a tiranos más grandes de edad que yo. Desde niña quería ser cantante, todos los fines de semana me la pasaba armando shows para que los invitados adultos de mi casa me vieran.

El pánico escénico

Cuando llegó la oportunidad a mi vida de ser cantante profesional, el pánico escénico me atrapaba. Y cuando llegaba mi gran oportunidad de hacer un solo frente a miles de personas, mi garganta se cerraba y no podía siquiera afinar una nota. Eso hizo que las personas a mi alrededor comenzaran a decirme de miles de maneras que no cantaba, que no servía para eso.

Cantar era mi sueño, y entre más me decían menos lograba hacerlo. Comencé a tomar clases de canto con una amiga de mi mamá, con el tiempo me enteré que no era maestra de canto sino sólo una improvisada entonada que se decía maestra. Lo cual me provocó más inseguridades al respecto.

El pánico escénico se volvió crónico. Cada vez me daba más miedo, antes de tener que cantar me tenía que encerrar en el baño a llorar. Las personas a mi alrededor comenzaron a juzgarme cada vez más duro, hasta que cerré la puerta a mi sueño nuevamente.

Nunca es tarde para iniciar de nuevo

Ahora, decidí retomar mis clases de canto con una maestra muy profesional, entiendo que si ya no lo hago profesionalmente, si ya no soy una cantante reconocida internacionalmente como era mi intención original, no importa. Ahora se trata de cantar simplemente por el gusto de hacerlo, cantar como medio de expresión de mis emociones, cantar por diversión.

Por lo tanto, si sientes que tienes gustos pendientes, si crees que ya estar de para aprender a hacer alguna cosa, algún arte, algún deporte, nunca es tarde. Mientras estemos vivos tenemos no sólo la oportunidad sino la responsabilidad de hacer lo que amamos, de darnos tiempo para explorar nuevas cosas. Porque esas cosas, hacer lo que amamos, serán pilares fundamentales en nuestra recuperación emocional y será lo que nos ayudará, sin duda, cuando la vida se ponga más difícil.