Cuando era niña, sentía una gran admiración por mi madre. Ella es una mujer muy guapa, con muy buen cuerpo, digamos que toda su vida ha cumplido con los estándares de belleza tradicionales a la perfección. Tiene piel blanca, cutis terso, cabello pelirrojo, lo cual hace que contrasten sus ojos verdes, y facciones europeas, tiene buena altura, es y siempre ha sido delgada, con cintura pronunciada, buenas caderas y unas piernas torneadas muy lindas. Incluso a su edad se ve más joven y sigue conservando gran parte de su belleza física. 

Las personas que la conocen se han encargado de decirme siempre lo hermosa que les parece mi mamá, lo sorprendidos que están de que se vea tan joven, lo afortunada que me debo de sentir de tener una mamá tan guapa, “¡Parecen hermanas!” me decían siempre y a mí se me hacía un nudo en el estómago.

A simple vista puede parecer un cumplido, a las mamás se les infla el ego como globo de cantoya, pero lo que no saben es que no está bien que la hija y la madre parezcan hermanas, esa imagen no nutre a la hija en lo absoluto.

Los modelos a seguir

Cuando entré a mi etapa adolescente mi primer impulso inconsciente fue intentar ser como ella, pero mis ojos no eran tan verdes como los suyos, mi cintura no era tan estrecha como la suya, mis piernas no eran tan torneadas como las suyas, mi cadera no era tan curvada como la suya, mi piel no era tan tersa como la suya y mis movimientos no eran tan sensuales como los suyos.

Con el tiempo comencé a ponerme a dietas excesivas, a hacer ejercicio excesivo, hacerme tratamientos, cremas, pastillas, aparatos, actuar frente al espejo como lo haría una mujer sexy, etcétera; y por más que me esforzaba, no lograba tener el aspecto que tenía mi mamá, y el quererme parecer a ella hacía que perdiera de vista mi belleza física y mi belleza interior.

Ese esfuerzo me llevó a sentirme inmensamente infeliz, a dedicar mi vida y mis pensamientos a mi aspecto físico, a no poder ver, lo que realmente importa y lo que puede traer alegría y felicidad real a mi vida. 

Fui bulímica

Fui bulímica por años. La bulimia una enfermedad psicológica en donde lo único que importa es tu aspecto físico y eso hace que haya una distorsión en lo que ves en el espejo y por, más que te esfuerces, nunca te sientes satisfecha con lo que ves.

A pesar de que las personas hablaban de mi “cuerpazo”, nunca estaba satisfecha con el resultado. Incluso, años después, llego a ver videos o fotos de mi juventud y cuando veo cómo lucía, me doy cuenta que yo nunca me sentí así, “¡Pero si me veía genial!” digo siempre.

Después de muchos años de terapia, trabajo personal, conciencia espiritual me doy cuenta de toda esa toxicidad que invadió mi vida tantos años. Por eso quiero hablarles a las mamás que tengan niñas, si sus hijas sienten mucha admiración por ustedes, qué bueno que se cuiden y que intenten verse bien, pero enséñeles a sus hijas lo que realmente importa, la belleza es un estado interior que se manifiesta en formas de amor, ternura, generosidad y compasión.

La belleza no es cómo se ven, es cómo se sienten. Si les gusta cómo se sienten les gustará cómo se ven, eso se los puedo asegurar. Me duele ver a niñas cada vez más jóvenes, algunas menores de edad en manos de cirujanos plásticos, transformando sus caras y sus cuerpos. Veo las caritas de chavitas angustiadas porque subieron uno o dos kilos, o porque algún hombre les dijo que no son lo suficientemente bellas como para hacerles el favor de llevárselas a su cama.

Enfermedades como la anorexia y la bulimia cada vez son más frecuentes, pero incluso aunque no lleguen a tener ese diagnóstico, vivir para cambiar o mejorar tu aspecto físico es una forma de muerte, no de vida.

Darles seguridad a sus hijas no es ponerlas a dieta o comprarles ropa ni llevarlas al salón de belleza, para que se sientan seguras enséñeles a amarse y a respetarse, que aprendan que así como son, son perfectas, que si les salió un barrito no es el fin del mundo, enséñelas a comer sano y hacer ejercicio, porque eso les hace bien y les ayuda a sentirse bien, que aprendan a darse a respetar con los hombres y a ver su cuerpo como su santuario, a que no dejen entrar a su hogar, a su cuerpo y a su vida a personas que las lastimen.

Si una chavita regala su cuerpo creyendo que eso es amor tendrá muchos hombres interesados en ella, pero si no es real seguro saldrá lastimada. El sexo (si sólo es carnal) puede llegar a ser tóxico, para que sea “hacer el amor”, tiene que haber eso: amor. Y para que sea amor ellas primero tienen que amarse.

Abran los canales de comunicación con ellas, que no crean en las palabras de falso amor que profesan muchos hombres en busca de simple sexo carnal, que aprendan a reconocer los hechos. Si sienten que les falta amor enséñenlas que el amor surge dentro de nosotros y no dé un hombre que sólo quiere descargar sus ansiedades con nosotras.

Debemos cuidar nuestras relaciones

Sé que hay madres que cuando nacen sus hijas se sienten en competencia con ellas por el amor de su padre, esto es algo cultural. Que una madre compita con su hija es aplastante porque siempre será su madre y es una competencia en la que la hija no tiene ninguna posibilidad, por lo tanto, su hija se pondrá en situaciones que le demuestren su poco valor.

La sensación de rivalidad con la madre influye de forma negativa en la mente de cualquier adolescente, porque la competencia no es equitativa, la mamá tiene más experiencia y camino recorrido, por lo tanto siempre se sentirá en desventaja y eso le causará mucha inseguridad, además de que esa actitud puede desencadenar algunas patologías principalmente alimentarias.

En nuestra cultura cada vez hay más madres que quieren verse como eternas adolescentes, no digo que las personas no debemos cuidarnos o querer vernos bien, lo que digo es que a veces las madres debemos dejar nuestro rol de protagonistas para atender más a nuestros hijos y ver cuáles son sus necesidades.

Permítanles amar a su padre y que su padre las ame, que sean ellos los que se encarguen de romper los lazos edípicos que pudiera haber entre ellos, a las madres nos corresponde romperlos con nuestros hijos hombres únicamente. 

El papel de madre

Las madres tenemos que tener claro que nuestro papel es de madres: No somos ni hijas, ni hermanas, ni esposas, ni amigas, somos madres. Ponernos con nuestros hijos en un papel distinto del que nos corresponde es muy tóxico para ellos y para nosotras, lo cual provocará que ellos a su vez tengan relaciones tóxicas.

Y cuando tengas contacto con niñas adolescentes te pido que, por favor, no les hables de las maravillas de sus madres, háblales de ellas mismas, de lo maravillosas que son. Diles que ya son perfectas, que aunque su cuerpo, su cara y su mente estén cambiando siguen siendo hermosas y que deben cuidarse.

Están en una etapa donde tienen muchos cambios, se sienten muy inseguras y necesitan tener de donde agarrase; asegúrate que de lo que se agarren sea de sus virtudes, sus aptitudes, su belleza interna, su amor propio.