De las cosas más ricas que hay en la vida son los apapachos. Cuando alguno de mis hijos están en esos momentos donde todo es negro, llorando y sufriendo o están enfermos les pregunto: “¿Quieres que te apapache?”.

A veces están en pleno drama y me mandan a la goma, pero en otros momentos, incluso sin preguntarles aún, me dicen: “¡Quiero que me apapaches! Buaaaaaaaa”

Cuando somos adultos tenemos menos fuentes de apapacho que cuando somos niños. Las personas se vuelven más distantes físicamente, y la vida nos pone frente a desafíos que están muy lejos de ser un apapacho para nosotros. Cuando la vida es dura conmigo, cuando hay muchas situaciones que me provocan dolor, cuando la incertidumbre y frustración me atrapan, es ahí cuando le pido a la vida a gritos: ¡Quiero que me apapachen!

Lo más sorprendente es que no es que llegue mi príncipe azul montado en su caballo blanco ofreciéndome ser felices por siempre, tampoco es que llegue la solución a todos mis problemas; lo que sucede en ese momento de desesperación, es que mis capacidades se expanden. Esas sensaciones, y la dificultad de manejarlas me obligan a ser más de lo que creía ser capaz.

Cada situación es una oportunidad de crecer

Es algo así como cuando hacemos pesas para que crezca un músculo y se fortalezca, entre más peso carguemos, mejores resultados obtendremos. Estas situaciones extremas serían algo así como pesas para el fortalecimiento del espíritu y la voluntad.

A pesar de la adversidad, debemos mantenernos en nuestro centro con cordura y confianza. Y aunque en esos momentos, volviendo al ejemplo del gimnasio, preferiríamos estar en un spa, tenemos que saber que ese trabajo interno nos traerá frutos en algún momento y que ese fortalecimiento interno se traducirá en paz interior, tranquilidad, alegría y plenitud verdaderas. Por lo tanto, bienestar para nosotros y para nuestra familia.

Lo que sí es importante saber, es que cuando trabajas muy duro en cualquier tipo de fortalecimiento también necesitas descansos, alimentarte bien, hidratarte e intentar relajarte. De lo contrario, ese trabajo te traerá, como consecuencia, contracturas musculares que no queremos que tengas.

Así que cuando pienses: ¡Quiero que me apapachen! No esperes que la vida o la gente lo haga, hazlo tú mismo.

Date un descanso, escucha algo de música. Prepara el té que más te guste. Baila. Canta. Dibuja. Escribe. Regálate un masaje o una caminata por un parque. Come algo rico y sano que disfrutes. Lee un buen libro y sobretodo: respira... respira tranquila y conscientemente. Consiéntete, abrázate. Así te estarás apapachando.