Una de las historias que marcó mi vida es la de un jefe que tenía “fama” de violento, a las personas de producción les pegaba unas gritonizas de terror, eso hacía que, de alguna manera, yo supiera en mi interior que, si no lo obedecía, algo podía pasar.

Una vez, el día de mi cumpleaños, me habían organizado una comida durante el programa mientras estábamos al aire. Alguien me lanzó una fruta a la cara y me golpeó, yo dije: “hij... de la …” , fue una reacción inconsciente por haber sido golpeada, y terminando el programa, mi jefe me comenzó a regañar y a culpar de haberme defendido. Me dijo cosas horribles, lloré por horas y llegué toda hinchada a mi festejo.

La empresa sabía todo sobre sus comportamientos, por lo que aceptarlos y permitirlos era una manera de decirnos, a los que estábamos subordinados a él, que es así o nada. Ahora que lo veo a distancia, me doy cuenta de lo violento que era con nosotros. Pero, ante la creencia de que si le ponía un alto perdería todos mis beneficios profesionales y económicos, prefería aguantar, hasta que llegó un día donde me fortalecí y decidí renunciar.

Labores domésticas

Por otro lado, muchos hombres no reconocen los trabajos domésticos y el cuidado de los hijos como trabajo. No se dan cuenta de que deberíamos de tener una paga incluso más grande, porque no tenemos horarios, es una labor de 24 horas al día.

En muchas ocasiones, esta violencia se traduce en el exceso control de los gastos o la exigencia en los detalles, incluso poniendo límites en la decisión de dónde y cómo se gasta el dinero de la familia. Algunos siguen creyendo que lo doméstico es femenino, sin importar si nosotras también tenemos un rol de proveer recursos económicos a la casa.

Una vez mi papá escuchó a una de mis parejas decirle a alguien por teléfono: “si quiere tener a su hombre con ella, que se chi... y que trabaje, se haga cargo de los niños y la casa”. Esto provocaba que yo tuviera una sobrecarga de trabajo, que tuviera triple jornada.

¿Cuántas veces no nos ha pasado que nuestra pareja puede disponer de todo el tiempo y espacio para él? Por ejemplo, creo que a todas nos ha pasado, que tenemos que tener un respeto total cuando hay algún evento deportivo importante, que a veces es todos los fines de semana, o para sus reuniones con sus amigos, cuando para nosotras a veces hasta cuando estamos en el baño nos interrumpen con preguntas como: “¿dónde está tal o cuál cosa que necesito con urgencia?”, dejándonos sin tiempo libre para nosotras.

¿Dónde queda nuestro espacio?

¿Cuántas veces no hemos aceptado hacer algo, con tal de tener un poco de paz, ante una insistencia inquisitiva por parte de ellos? ¿O aceptado tener relaciones sexuales ante la frase: “si no aceptas es que no me quieres”? O al mostrarles nuestra opinión sobre algún tema nos dicen: “¡Yo no hablo de tonterías!”. Hay otras formas que son aún más sutiles con las que nos provocan culpa e impotencia.

Una pareja me decía: “lo que más me gusta de ti es la forma en la que me cuidas”. En ese momento lo tomaba como un cumplido, como un reconocimiento a todo el trabajo casi heróico que hacía para que siempre estuviera bien. Ahora me doy cuenta que esas palabras dulces me obligaban a dar cada día más, porque eso, lo que más valora de mí, pensaba, me forzaba a tener una disponibilidad incondicional para él.

Ahora me doy cuenta que si lo que más valoran de mí es lo que doy, entonces a mí no me valoran en lo absoluto. Este hombre se estaba aprovechando de mí, me estaba robando mi energía vital, elevando su calidad de vida a mi costa, por eso quería morirme, cada día tenía menos energía y cada vez tenía más solicitudes. 

Somos mujeres y se nos han impuesto miles de roles: madre, esposa, asistente, secretaria, cocinera, enfermera, administradora, mesera, cuidadora, pero eso es porque nosotras lo hemos permitido. Si somos cuidadosas y comprensivas no quiere decir que tengamos que priorizar el cuidado hacia nuestra pareja por sobre nosotras.

Necesitamos un respiro

Podemos hacernos cargo de nuestra familia, pero a veces se nos impone el cuidado de suegros y suegras o hasta amigos de nuestra pareja, lo que limita nuestra autonomía, y si nos negamos son capaces de hacer todo lo posible por aniquilarnos, sostenidos por la idea cultural de que ellos son superiores.

Cuando nosotras nos enfermamos o estamos cansadas, de igual forma cumplimos con nuestras tareas y obligaciones del trabajo, de casa y con los hijos, pero hay peticiones “mudas” donde, cuando el hombre de la casa se enferma, hay una exigencia no verbal de que nosotras nos ocupemos de la familia, sus amigos, las mascotas, de proveer los recursos económicos, cumplir con exigencias con la comida, los horarios y hasta de silenciar a los niños porque que les molesta, solicitando que no se les pida nada porque los agobia y les impide recuperarse.

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